Cámara Chilena del Libro

Batallas autorales

Palabras de apertmeruaneura
Feria Internacional del Libro de Santiago, Chile
23 de Octubre de 2014
Lina Meruane

Santiago está lleno de autores.
Así lo anuncian los flamantes carteles que nos rodean con su brillo ardiente, solar.
No sé si esta confluencia debiera alegrarnos,
o agobiarnos,
o desesperarnos incluso
–como nos desesperaba, como llegó a desesperarme a mí en una época–,
que Chile fuera “un país de poetas”.
Un país tan lleno de versadores que alguno se declaró anti-poeta para definir su singularidad en la legión de la poesía chilena.
Era cosa de levantar una piedra para que aparecieran cientos de autoproclamados poetas sacudiéndose el polvo, y los versos, y lanzando alguna declaración solemne sobre su propia marginalidad a espaldas de la verdadera marginación.
Pero poetas y antipoetas fueron cumpliendo años y centenarios, y si ahora levantáramos una piedrecita aparecerían no solo vates sino una horda de ensayistas y dramaturgas, y de cronistas y de gentes dadas a la prosa.
Chile está lleno de autores y de autoras de mucho calibre.
Y como si esto no fuera suficiente, ahora Santiago recibe un ejército premunido de palabras, de asuntos que discutir, de libros y de autores que recomendar.
No sé por qué, lo confieso, esta multitud a la que pertenezco me resulta desconcertante, me parece incluso peligrosa.

Pero me sacudo estas aprensiones para darle curso a la pregunta que nos ha traído hasta aquí.
La pregunta por el autor.
Por qué apasionarnos con la posibilidad de escuchar las voces de tantos escritores en esta vieja Estación donde alguna vez se agitaron pañuelos y se derramaron lágrimas de bienvenida, donde parejas ahora idas para siempre se reencontraron o se dijeron su último adiós.
Por qué alegrarnos de pasar, hoy más que nunca, unos días rodeados de escritores y escritoras venidos de tantos lugares (ya llegaron o están aterrizando), en este lugar que sigue siendo un punto de llegadas y de partidas, en este sitio donde siguen coincidiendo tantas gentes diversas para emprender, desde aquí, viajes de la imaginación.
Repito: por qué dedicarle toda una feria a la figura del autor y a su mundana identidad; por qué invertir más recursos que nunca en movilizar a escritores contemporáneos, y en celebrar a otros tantos ya muertos que continúan presentes en la palabra viva de los libros que les otorgaron reconocimiento.

Permítanme un rodeo.
Mientras daba vueltas alrededor de mi escritorio, sin sentarme todavía a redactar estas palabras, me preguntaba, como autora que soy, si las vidas de los escritores habían tomado la delantera y dejado atrás sus obras.
Si no sería que el fulgor de la persona-que-escribe, del escritor-vuelto-celebridad (en una época que privilegia el efímero estrellato), iba a terminar desplazando al texto y acabando definitivamente con ambos.
Me pregunté también si acaso siempre había existido esta tensión entre autor y obra, la amenazante posibilidad de que la obra acabara fagocitada por la presencia de quien la escribió.
Acaso esta pregunta empujara a críticos insignes como Roland Barthes a declarar la muerte del autor.
Barthes ordenó o sugirió, polémicamente (para quienes no lo sepan o no lo recuerden) que los críticos debían apartar de sí las biografías autorales; que debían dejar de comentar la figura del autor al analizar su obra; que debían centrarse única y exclusivamente en lo que encontraban sobre la página.
El perspicaz Barthes entregaba el acta de defunción al autor para impedir que la lectura se tiñera de lo personal, para obligarnos a leer correctamente lo que la obra estaba intentando hacer por sí misma.
Paradójicamente, pensé también, el propio proclamador de la muerte autoral emprendería la escritura de libros en los que él mismo se introdujo desenfadadamente, como personaje, borrando, con el uso de su propio nombre al interior del texto, la posibilidad de esa distancia que le exigía a los críticos en sus ejercicios de lectura.
Pero sobre todo importa decir que Barthes se anticipaba a un gesto personalista y biográfico que, sin ser nuevo, se volvería común: la necesidad de traer al autor a la escena –dentro, pero sobre todo fuera de las páginas–, para acercar y validar el libro ante sus posibles lectores.

Digo esto porque no ha faltado objeción a las crecientes intromisiones del autor. No ha estado ausente la sospecha de que se lo trae a la palestra mediática para calmar la supuesta ansia o hambre de realidad de los lectores y para aplacar la voracidad de la industria editorial.
Yo no estoy tan convencida de que haya una única lectura –la sospechosa, la negativa, la iracunda– sobre lo que nos ha llevado a resucitar al autor en el campo literario actual. No me parece que se deban descartar tan rápidamente los efectos de realidad que tuvieron en América Latina los géneros de la denuncia testimonial o de la crónica. Había detrás un ansia de querella que tuvo importantes consecuencias políticas. En esos textos la autenticidad nunca implicó facilidad o trivialización. Los escritores de la denuncia simplemente usaban una fórmula diferente para hablar de lo que, en estilos más innovadores y más complejos, abordaban también los autores de la ficción. Ninguna de sus estrategias estuvo reñida con las ambiciones fundamentalmente éticas de la escritura.

No sé qué opinen ustedes, los demás autores, editoras y libreros y organizadores, los lectores presentes aquí y ahora; me tengo que disculpar, no osaría arrogarme la voz de todos ustedes.
Sólo querría –y porque me han pedido que diga algo, esta noche, que diga algo sin alargarme (ya tengo que ir cerrando estas palabras de apertura)–, querría lanzar algunas líneas que nos aparten de la cansada crítica al mercado editorial, al que por otra parte todos nosotros pertenecemos,
y pensar, para salir de estas oposiciones estériles, el para qué sirve aquí la carne y el hueso de los autores,
pensar de qué manera interpelamos desde nuestro oficio la siempre esquiva y cruda realidad,
de qué modo nuestra presencia, leyendo los textos propios o hablando de los ajenos, abre puertas posibles a una reflexión sobre el presente compartido por autores y lectores.
Y ojala no tuviera que hablar sobre cosas sombrías en una ocasión tan alegre, pero
vista la violencia desmedida, sin razones ni tregua,
visto el asqueante abuso sexual de niños y niñas,
vista, pero ocultada, la acción impune de carteles y gobiernos igualmente aterradores,
el reciente hallazgo de fosas comunes llenas de cadáveres que no son (o quizá sí sean) los de 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Ayotzinapa
vista la masacre de la población civil (de cientos de niños) durante el bombardeo de Gaza,
los incesantes asesinatos de mujeres y de homosexuales,
visto este mundo imperdonable
me parece forzoso que autores y autoras aprovechen o aprovechemos todo reflector y todo micrófono para darle forma pública a nuestro compromiso político con la humanidad.
Estoy hablando de un tiempo que no solo pide sino que exige un cierto activismo de la letra, uno que sin duda puede darse al interior de los textos pero que resulta imperioso fuera de la página.
Me parece indispensable reconocer que escribir es un privilegio. Y que todo privilegio implica una responsabilidad por lo que hacemos con los recursos de la palabra, por los actos de reflexión o de imaginación que animamos en los lectores.
En esta contingencia no creo que importe si se invita a esa reflexión a través del texto escrito o a través de una conversación o de una entrevista que podría propiciar la posterior lectura de libros
donde se encuentran las claves para comprender el mundo que estamos viviendo,
donde el pensamiento se elabora,
donde las ideas encuentran espacio para desplegarse,
donde las palabras puede encontrar su justa dimensión.
Recordemos que la desesperación y sobre todo el silencio es lo que propician los sistemas de violencia –sean las mafias, los fundamentalismos religiosos, los sistemas totalitarios, o todos los anteriores trabajando en conjunto–.
Recordemos que un autor tiene la palabra, y le corresponde tanto narrar el horror como hablar en su contra.
Me parece imperativo abandonar los inútiles, los vanidosos debates sobre qué modo de escritura o de habla es el correcto o el más apto para sacudir las conciencias.
Esas batallas llamadas estéticas pero que acaso también sean batallas por un triunfo solitario, simplemente nos distraen de cuestiones más urgentes, más palpitantes, el mal.
Un mal poderoso,
un mal organizado y hasta financiado,
un mal decidido a destruirnos.
Se requiere, hoy, la solidaridad entre formas de producción letrada diversa, entre los discursos vivos que estamos produciendo, y entre autores críticos y autoras inconformes, dispuestos a levantar la voz en cualquier lugar y a toda hora, sin pudor alguno, para denunciar las convulsiones del mundo y manifestarse contra la contundente realidad de la muerte.
Quiero invitarlos entonces a celebrar esa figura autoral que en su carne y en su costra se atreve a renunciar al brillo personal y a las batallas por el control del campo literariom
y se atreve a levantar la palabra
desde el testimonio y la ficción,
desde el ensayo literario o desde la escena dramatúrgica,
desde la poesía de cualquier signo
para proclamar,
de la manera más bella
más grotesca,
más sutil o arrebatada,
más críptica, más delirante,
de la manera más ardiente,
que hay un mundo todavía por hacer y nuevos futuros posibles que nos toca empezar a imaginar.

Muchísimas gracias.