Discurso Inaugural FIL Viña 2015

Santiago, 8 de enero, 2015

Querida alcaldesa de Viña del mar, distinguidos Directores de la Cámara del Libro de Chile, distinguidos expositores de las editoriales presentes, colegas escritoras y escritores invitados, artistas que dan realce a este acto inaugural, muy queridas lectoras, muy queridos lectores.

FIL Viña (58)

La red de comunicaciones vigentes con sus avalanchas de imágenes, los hábitos de piratear música y libros, la presencia tan fuerte de cuerpos virtuales, comienza a generar una curiosa replica en los públicos chilenos e internacionales: cierta necesidad de cercanía, calidez, intimidad, que no encuentran en el carnaval electrónico.

El primer dato puro vino de los artistas pop consagrados internacionalmente, quienes espantados por la celeridad de los piratas disminuyeron su actividad discográfica y aumentaron sus presentaciones personales.

Se puede piratear un millón de veces el último hit de Shakira, pero a Shakira misma no. Así los cantantes viajan de continente en continente satisfaciendo ahora más que nunca a sus seguidores que buscan algo de la emoción tribal, como si estar ahí los hiciera participes de la creación de sus ídolos.

En el mundo de la música popular esto es un hábito consagrado de hace tiempo, y cuando los artistas emiten el primer acorde de alguno de sus éxitos, el público los canta con ellos. Con la nueva situación que obliga a los intérpretes a planificar neverending tours, aquellos colosos de la canción que antes veíamos con suerte una vez cada lustro, a veces los tenemos a mano cada año, y en algunos casos, dos veces al año. Bien sabe el público viñamarino que astros y estrellas pop se mueren por venir a Viña a darse su “baño de monstruo”.

Lo curioso es que el sobreuso de imágenes electrónicas y de mensajes esquemáticos, también comienza a cambiar el panorama para los creadores de literatura. Más y más las presentaciones de novedades, las bienales y ferias del libro que brotan hasta en los más remotos lugares, hace que los lectores pidan la presencia del autor, quieren oír su voz, estrechar su mano, confesarle la emoción que tuvieron con algunos de sus versos, discutir el desenlace de un novela que traicionó sus expectativas, y finalmente, lograr la mini coronación de la experiencia: el autógrafo.

Ese minuto sagrado en que ella o él ve aparecer desde el bolígrafo del autor su nombre, su intransferible nombre de lector o lectora, que le permitirá sentir que ese texto es ahora más suyo, que comparte con el creador una página en común, que se lleva a casa un trofeo sentimental. De paso, al pedirle su firma, le ha dado al poeta o a la narradora la generosidad de su reconocimiento.

Es una suerte que la Feria del Libro de Viña del Mar se consolide y crezca año a año y que haya persistido en esta noble y gregaria acción de entramar a los autores con su público, que haya logrado establecerse como un referente importante para los editores y que hoy sea un imán que atrae a notables escritores nacionales e internacionales como lo exhibe la programación de este año. Mis felicitaciones a la Alcaldesa.

Hoy encuentro a mis colegas escritores latinoamericanos – incluso aquellos con fama de huraños – en las más variadas metrópolis o pueblos del continente enfrentados a auditorios fuertemente motivados o al menos curiosos. Es que las redes sociales nos conectan, pero no nos tocan. Es decir, no nos tocan con el afecto y cercanía que nos dan las ferias del libro. Todavía, la realidad real tiene un encanto imbatible.

Vengo a Viña del Mar con especial placer a esta feria, un acento literario en una ciudad que justo deslumbra en su momento de esplendor estival. Como escritor atento al ambiente, no sólo me distraigo con los bikinis playeros sino también espiando lo que la gente lee en la playa: y advierto que el ranking de la arena no siempre coincide con las tablas de la ley de best-sellers que pronuncian los suplementos dominicales. Esta deliciosa variedad hay que agradecerla tanto a las grandes editoriales, que ponen a nuestra disposición la mejor literatura universal como a los osados y voluntariosos pequeños editores que nos tienen acostumbrados a sorpresas seductoras.

Pero, nada más excitante para un escritor que estar por algunos minutos frente a lectores y lectoras que no solo tienen palabras de elogio hacia nosotros sino animo a veces de ajustar cuentas con nosotros. Quiero terminar recordando dos momentos de este tipo:

Cuando joven había escrito como jugarreta un cuento brevísimo que pretendía competir con la miniatura “El Dinosaurio” de Tito Monterroso. (Cuando despertó el dinosaurio seguía allí). Mi texto era infinitamente más largo: ¿Y qué pretendes? ¿Que viva desnudo en el tejado?

Cuarenta años más tarde había terminado una lectura del entonces mi último libro publicado en alemán, “La boda del poeta”, y atendía con amabilidad a las damas que traían una copia del texto para que se lo autografiara, cuando se detuvo largamente frente a mi un señor de rostro agrio, como si acabara de lavarse la cara con limón.

Después de un silencio incomodísimo, y de la inquitud de la fila de lectores, el hombre me dice: “Quiero que sepa que soy un gran admirador suyo. Conozco todos sus libros.”

Junté mis palmas sobre el pecho y al modo más nipón le hice un gesto de agradecimiento inclinando el cuello. Momento en que el alemán agregó: “Ahora estoy leyendo su cuento “Desnudo en el tejado”, pero aún no lo he terminado.”

El segundo verdugo fue un señor español en la Feria del Libro de Madrid –que manifestaba impaciencia hacia los lectores que le precedían en una fila para conseguir un autógrafo en mi novela “La chica del trombón”, que estaba lanzando justamente allí.

Cuando finalmente llegó a mi lado me fulminó con su mirada u me dijo: “Pues, yo no quiero ningún autógrafo suyo. Quiero que me de su mail, porque lo que quiero decirle quiero mandárselo por escrito para que lo tenga siempre presente”.
– “Con mucho gusto señor”.
Le di las señas que pedía y lo vi alejarse de prisa estrellando con desafecto a la fila de mis lectoras. Desde lejos me gritó: “ya verá, usté; ya verá”.

Tras desayunar copiosamente en el Hotel Palace, abrí mi mail y, en efecto, me encontré con un mensaje que intuí sería de él. Lo encabezaba esta frase: “ Es usted un escritor desinformado”.

Mi impugnador, cuyas iniciales eran APG, comenzaba su diatriva con el siguiente do de pecho: “Simplemente quería mostrar mi enojo por ese libro llamado “La chica del trombón”. Creo que en ese libro demuestra usted una completa ignorancia en el campo de la música. Así es que permítame hacerle un favor y explicarle la diferencia entre un trombón y tuba”.
El texto irradiaba furia y trapeaba el suelo conmigo. El motivo de tamaña indignación era que en la portada de mi novela “La chica del trombón”, publicada en España por Areté, aparecía una foto antigua de una niña que intentaba mirar por la boquilla de una tuba como si fuera un periscopio o el ojo de una cámara. A mi entender era una bella imagen que combinaba todo lo importante del espíritu de la obra: una pequeña e inocente chica huérfana que ama la música, el cine y que tiene humor y “emprendimiento.”

Y sigue una larga clase magistral acerca de los instrumentos aerófonos que se remonta a los orígenes de ambos y persigue su evolución hasta hoy. La cátedra concluye con la expresión de dos deseos: “Espero que se sienta avergonzado con esa portada de su libro”. El segundo era algo más cosmético: “ Antonio, aféitate el bigote”.
Amable con mis detractores procedí de inmediato a enviarle esta respuesta:

“Estimado señor APG:
Su carta me revela que es usted un hombre de exquisito gusto o de afinado instinto pues se abstuvo de leer mi novela. De haber incurrido en esa torpeza, se habría dado cuenta que en las distintas partes en que aparece un trombón no hay ninguna posibilidad de que esté hablando de una tuba.
De modo que su sagaz información se refiere a la portada.

Lamento que al ver al a niña poniendo el ojo sobre la boquilla de la tuba no se le haya ocurrido recriminarme no saber que la tuba se sopla con la boca y no con el ojo.

Estoy muy lejos de ser un pedante que quiere ilustrar a un alma bondadosa sobre ciertos códigos del arte moderno: en ese caso, la separación que hay en las tendencias irrealistas entre gráfica y contenido.

Así, es posible que una novela que se llame “La Soledad” tenga una tapa donde aparecen abrazados muchos ancianos sonrientes. O que una obra que se llame “La carta asesina” lleve de cubierta a Nuestro Señor Jesús Cristo.

Y acaso algún día usted mismo señor APG, en mérito a sus conocimientos y acaso a sus dotes de instrumentista – tuba o trombón- merezca que alguien escriba una extensa biografía de su vida con el título de “Vida y obra de APG”. Y puede que para tan feliz ocasión, el gráfico que diseñe la portada no ponga en ella una foto suya sino la de un bello ruiseñor (de los que amaba el poeta Yeats) delicadamente posado sobre un árbol de jasmines en flor.

Llegado ese feliz momento, le juro señor APG que compraré con placer su biografía, sin pensar ni por un segundo que usted es un pájaro”.

Feliz Feria del Libro 2015, Viña del Mar.

FIL Viña (57)