Nacida en Viña del Mar el 8 de septiembre de 1893, Teresa Wilms Montt tuvo una vida breve, pero dejó una obra que con el paso de los años ha adquirido un lugar propio en la literatura chilena. Proveniente de una familia acomodada, desde muy joven se vio enfrentada a las convenciones sociales de su época. Tras casarse a los 16 años con Gustavo Balmaceda Valdés, vivió en Santiago y luego en el norte del país, donde comenzó a participar de la vida cultural, publicó en periódicos y se acercó a las ideas libertarias y feministas que circulaban durante las primeras décadas del siglo XX.
Uno de los episodios que cambiaría definitivamente su vida ocurrió en 1915, cuando fue recluida por su familia en el convento de la Preciosa Sangre, luego de que se conociera su relación con un primo de su marido. Allí comenzó a escribir su diario íntimo y, meses más tarde, escapó con la ayuda de Vicente Huidobro para instalarse en Buenos Aires. Lejos de Chile encontró un ambiente intelectual en el que pudo desarrollar su escritura y en 1917 publicó sus primeros libros, Inquietudes sentimentales y Los tres cantos, obras que tuvieron una buena recepción y en las que ya aparecían algunos de los temas que atravesarían su trabajo literario: el amor, la muerte, la soledad y la búsqueda de libertad.
Su recorrido continuó por Estados Unidos y Europa. En 1918 llegó a Madrid, donde se vinculó con los círculos intelectuales y de vanguardia y entabló amistad con figuras como Ramón del Valle-Inclán. Ese mismo año publicó En la quietud del mármol y Anuarí. Más tarde regresó a Buenos Aires, donde apareció Cuentos para los hombres que son todavía niños (1919), su último libro publicado en vida. Para entonces, Wilms Montt había desarrollado una obra que iba desde la poesía, hasta la escritura autobiográfica, mientras transitaba entre distintas ciudades y países.
Sus últimos años transcurrieron principalmente en Europa, lejos de Chile y de sus hijas, Elisa y Sylvia, a quienes pudo reencontrar brevemente en París. Murió en esa ciudad el 24 de diciembre de 1921, con apenas 28 años. Al año siguiente apareció la antología póstuma Lo que no se ha dicho y, décadas después, la publicación de sus diarios y obras completas permitió volver a mirar una producción literaria que durante mucho tiempo quedó eclipsada por su propia historia.